Leyendo Predicador me encontré el otro día con esta escena, donde un vampiro irlandés trata de quitarle la tontería de encima a un remedo de Lestat, el protagonista de Entrevista con El Vampiro.
The Stinking Rose es, por supuesto, el restaurante que mencioné al final de
este otro post. Es como si todavía nos estuviera repitiendo aquella cena.
Frente a la opción familiar y de barrio que representaban
las microbibliotecas de la anterior entrada, nosotros siempre seremos
partidarios de las grandes superficies. Nada como la Biblioteca General de la
universidad con su inabarcable colección de cómics, su turno de noche (sí, sí, permanece abierta de madrugada) y esas luces
que se encienden a tu paso cuando caminas entre hileras de estanterías y van
apagándose a tu espalda como en las películas de terror. Cada vez que esto ocurre
me gusta pensar que la Nada de La Historia Interminable avanza inmisericorde devorando
todo el saber de la humanidad.
Extensísima es también la sección de literatura española, tanto
que supera con creces lo que puede encontrarse en la biblioteca de mi barrio en
Pamplona. Es de un cateto importante, sí, pero desde que estoy en Estados
Unidos no he dejado de leer libricos de Pio Baroja.
En los laterales de cada planta se encuentran las celdas,
desconcertante elemento cuya función no hemos conseguido adivinar todavía. Quizás
sirvan para castigar a quienes exceden los plazos de préstamo, o puede que para
recluir a quienes tengan la osadía de publicar un mal libro.
En las inmediaciones del Volcán Amboy, no muy lejos de donde
hasta hace poco se levantaba el famoso Árbol de los Zapatos, hay una estación
de servicio (con su motel, gasolinera, cafetería y taller) que permanece
intacta desde que fuera abandonada en la década de los 70. Hubo un día en que
fue parada indispensable para quien viajara por la Ruta 66, y llegó a acoger
una población de 700 personas, pero la apertura de la autopista I40 supuso el
declive inmediato del lugar, que ahora sólo cuenta con cuatro habitantes.
A diferencia de la mayoría de pueblos fantasma que pueblan fantasmagoricamente
el país, éste nunca ha llegado a convertirse en atracción turística. Demasiado apartado,
quizás, y demasiado reciente en comparación con los asentamientos de la fiebre
del oro. Pero no por ello menos impresionante.
En 2005, el conjunto urbano salió a la venta en Ebay, y lo
adquirió el fundador de la cadena de restaurantes Juan Pollo, orgulloso
propietario también del primer McDonalds ever.
Puede que os suene el lugar, Rutger Hauer lo utilizaba para
repostar en Carretera al Infierno, y Brad Pitt, Juliette Lewis y el agente
Mulder hicieron su parada en Kalifornia. Aunque donde estoy seguro que lo habréis
visto es en este videoclip:
Marzo del 67. Hastiada de Broadway, la bailarina Marta
Becket se lanzó a una gira en solitario a lo largo del país. Mientras esperaba a
que le cambiaran su rueda pinchada en una estación de servicio en las afueras
del Valle de la Muerte, Marta paseó por el ruinoso poblacho de Death Valley
Junction, abandonado décadas atrás. Allí dio con una antigua sala de fiestas
que antaño había albergado proyecciones para las familias de los empleados de
la compañía minera Pacific Borax, antiguamente establecida en el lugar. En un
arrebato inexplicable, Marta decidió que aquel sería su escenario definitivo.
Adquirió por cuatro duros el teatro y no sólo lo reformó, también dedicó los
siguientes seis años a decorarlo. Para asegurarse algo de público pintó en sus
paredes un mural presidido por los mismísimos reyes de España y su corte,
además de una cuadrilla de prostitutas, monjas curiosas, nativos americanos, alabarderos, saltimbanquis, exóticos
gitanos, e incluso sus propios gatos... y convirtió el techo en una suerte de
Capilla Sixtina, sólo que sustituyendo al Todopoderoso por Nostradamus (¿?).
Su excéntrica hazaña atrajo a infinidad de curiosos, que con
el tiempo se convirtió en público fiel. Durante cuarenta años, Marta actuó dos
veces por semana, hasta que, en febrero de 2012, se vio obligada a realizar una
retirada forzosa. Dicen que todavía, en ocasiones especiales, sube al escenario
para ofrecer su One Woman Show, en el que interpreta a infinidad de personajes.
Nuestro anciano guía Roberto sólo hablaba maravillas de
aquella dama. Claro que él mismo contaba con su propia historia: fugado también
de Nueva York, llegó hasta California, donde trabajó, por este orden, como
camarero en varios locales, gerente de un burdel, conserje de un colegio y
finalmente acabó en aquel pueblo que actualmente cuenta con tres habitantes.
Fue él quien nos recomendó tomar el dudoso atajo que debía
llevarnos a Las Vegas. Un tramo desierto que me recordó inevitablemente a Carretera
Perdida, la película de David Lynch. Descubro ahora para mi asombro que,
efectivamente, circulábamos por el lugar donde se grabaron estos títulos de
crédito.
Lugares comunes: Echarle en cara a Estados Unidos su
ausencia de historia. Es este un reproche que llena la boca de todo extranjero y obsesiona a los propios estadounidenses. "Nosotros no contamos con museos
ni edificios antiguos," -nos dijo la mujer que nos dio la bienvenida a Las
Vegas, -"pero tenemos casinos". Que mejor forma de suplir esa
supuesta carencia que por la vía del espectáculo. En esta tierra TODO es
susceptible de convertirse en atracción. Cada pequeño pueblo se empeña en dar
con algo que lo haga singular y digno de parada turística. Y si no existe, se
inventa. La Ciudad del Pecado, sin ir más lejos, cuenta con varios hoteles que imitan a grandes
urbes del mundo (Nueva York, París, Roma...). ¡Cómo echamos en falta uno
ambientado en la propia ciudad que lo acogía! Sólo una réplica en miniatura nos
hubiese permitido abarcar con comodidad esa colosal Las Vegas.
Las siguientes entradas estarán dedicadas a algunas de las
más estrafalarias invenciones con las que dimos en nuestro viaje de Springbreak
por el sudoeste del país. Maravillas ideadas por pioneros esforzados que consiguieron
convertir a sus respectivas poblaciones en... lugares poco comunes.
Se conoce que el tercer lunes del año es el día más triste que
existe. No lo digo yo, sino un científico,
que para eso están, y todos los medios que hoy se han hecho eco de la noticia. De
la cuesta de enero no hará falta que os explique nada, pero el sesudo estudio
revela que a estas alturas la mitad de los propósitos de Año Nuevo ya se han
incumplido. En parte por la falta de voluntad del personal, en parte por el
Bacon Fest de Sacramento. Este y no otro (bueno, puede que un poco promocionar
el consumo de productos porcinos) es el motivo que impulsa cada año a sus pícaros
organizadores.
A lo largo de esta semana, Sacramento celebra una Semana del
Pintxo a lo bestia en la que los bares ofrecen platos, cócteles, helados y perfumes
elaborados con panceta. Lo que se ve en la foto es un sándwich en el que no sólo
lo de dentro es tocino y magro, el pan e incluso la mostaza se han creado también
a partir de estos ingredientes.
Es una pena que estén agotadas las entradas para la ceremonia
de clausura, porque a nosotros nos habría encantado asistir a la que promete
ser una de las fiestas del año, en la que entre otras cosas se celebrará... !un
karaoke con canciones extraídas de películas de Kevin Bacon!
que es lo que os gusta a todos. En lo referente a precios, diría que es el producto que mayor diferencia presenta respecto a
España, junto con el pescado y los frutos secos. No puedo hablar de su calidad
porque, evidentemente, a esos precios no he catado más que alguna birra ocasional
(y un mejunje muy raro elaborado a base de whisky, cerveza de raíz, jengibre y
no sé qué historia más... ). Pero lo que quería comentar es el excesivo celo
con que los negociantes cuidan de pedirte SIEMPRE tu carnet antes de expender
cualquier bebida alcohólica o de permitirte el acceso a un bar que las venda siquiera.
Ya sabréis que aquí la edad legal se aplaza hasta los veintiuno, pero la norma
dicta que se debe pedir identificación a todo ciudadano que aparente menos de CUARENTA
Y UN años. Si bien resulta halagador que uno le sigan parando, no quiero pensar
en lo triste que será el día que dejen de hacerlo.
En la foto, reclamo a la entrada del Bar Bernardo presumiendo de su célebre Wicky Wacky Woo. Dicen que todo estudiante que pisa
Davis debe probar en alguna ocasión este quitapenas. Para que os hagáis a la
idea, la receta es la siguiente:
En respuesta a la pregunta de otro Javier en el anterior post, REDRUM BURGER es el auténtico y delirante nombre del local.
Originalmente se llamaba Murder Burger, pero tuvieron que cambiarlo por las
protestas de algunos vecinos. Se convocó un concurso y fueron cuatro, CUATRO,
las personas que propusieron el nombre actual. Tras una rifa, escogieron a un
ganador que se llevó 1000$ y comidas gratis para el resto de su vida. Dicen que
el tipo pasó un día a recoger el dinero, pidió un batido de melocotón y nunca
más se le ha vuelto a ver. Una suerte para los dueños, ¿o demasiada
casualidad tratándose de un negocio que ostenta ese nombre y despacha carne?
No creáis que todo esto me lo sé. He tenido que indagar en
busca de información porque ni yo mismo tenía muy claro que no se tratase de un
establecimiento "disfrazado". Vale que tiene ese aspecto desde el día
en que lo vimos por primera vez, pero es que toda la ciudad lleva preparándose
para la fiesta desde que llegamos. Los vecinos decoran sus jardines desde hace
un mes, los supermercados amontonan calabazas a la entrada, y hay quienes no
pueden aguantarse y salen a la calle disfrazados... aunque, claro, también
puede que sean siempre así.